Bufanda

En la esquina un pibe tiene una bufanda de muchos colores. Regala churros a los transeúntes porque se quedó sin cambio. Eso es lo que al menos dice el cartel que le colgó al canasto. Cuando pasé por su lado le dije que nos merecemos una buena nevada. Cerpentinas blancas y corredores resbaladizos. Me salió decirle eso después que le ví la bufanda. Le colgaba por el cuello y caía en un contorno del homóplato. Que nos merecemos un clima festivo; mucha cháchara, fernet y canciones de Gilda.

Que sean bufandas para todos y todas.

Que sea nieve para ellos y ellas.

Yo tenía un gorro de lana y ganas de caminar, y él una bufanda terrible y también una bandeja de plástico azul. Por lo que dijo; ya no cree en dios y parece que en el baile de la otra noche bardeó con algo nuevo. Le dije que le dé para adelante. Que sea feliz le dije. Me preguntó a dónde salgo los fines de semana. Me preguntó por una línea de colectivos. Me dijo que va a conocer Lima y después Quito. Me preguntó por la guerrilla combativa. Quiere saber de lugares de putos de garrapiñadas de combos de sábanas de flores secas de barrio y de las nuevas leyes.

El pibe tiene una bufanda con colores y yo un gorro con lana.

Mucha lana.

Muchos colores.

Revolución, arco iris, y todos somos putos saltando en el bar en donde todos bardean.

Esta foto fue trabajada por Luciana Macagno Grifasi.
Acá más genialidades de ella.

Puto y feliz

Hoy es 15 de Julio de 2010 y ésta es la carta que desde hace un tiempo quiero escribir. Ésta es, de hecho, la mañana que había pensado el otro día cuando caminaba una marcha mientras pensaba en el mejor y más hermoso final. Estoy cansado, entusiasta, con hambre y vida por dentro. Felíz, estoy.

Un amigo de la infancia me escribe un mail, me felicita y me lleva por links de diarios de todos lados. Mi hermana también me saluda por sms y me dice que le está gustando nuestro país. Una amiga me abraza, después nos saludamos, y justo ahí nos entendemos. Ella, ahora, se va a poder casar con su novia de toda la vida. Mi otra hermana me dice que está feliz porque sabe que yo lo estoy. Y yo vuelvo a llorar.

Hoy es 15 de julio y es un día para los manuales. Prendemos fuegos, son de artificios, los explotamos desde alguna terraza y pensamos en que, por fin, para nosotros un sí. Por fin, país.

Dormí dos horas, ya estoy bañado y sentado en un escritorio pero todo me chupa un huevo. Recién llego, desayuno y leo como tres diarios al mismo tiempo. A la tapa que más me gusta la guardo, sigo buscando tesoros que acrediten ésto que nos inunda de libertad. En facebook todos escriben que están felices, adhieren a ésto que le está pasando al país. En twitter lo mismo. Sí, de nuevo; estoy felíz.

Lo que tenía para decir era eso. Que desde hoy, 15 de julio, somos un país un poco más igualitario. Que sí, que estoy feliz, claro; que trabajé desde mi lugar para aportar con algo, que sí se puede. Siempre se puede. Conocí gente hermosa y también interesante en esta movida, en el medio me ví impresionado por un gestor de movilizaciones literarias (improlijo y con un tatuaje) y mis hermanos marcharon por estos derechos desde otra provincia. Me divorcié de la iglesia, me putearon retrógrados, me mandó un mail un editor (pelotudo y también cagón). Conocí a activistas, a militantes de la vida, y todos (todos) mis amigos estuvieron de alguna forma conmigo. Ésto me dejó mucho, demasiado.  Muchísimo. Es verdad, es muy cierto, que esta nueva historia recién comienza.

Hoy 15 de Julio, somos todos putos y felices. ¡Felicitaciones, compañeros!

Estas fotografías hermosas fueron trabajadas por los amigos Fuentes2Fernandez.
Podrán ver mucho más de su obra en la web de los chicos.

Pulóver cuadrillé

Marcos solía caminar por mi cuadra. Recto y con pulóveres cuadrillé. Le sentaba re bien el invierno a Marcos. En mi barrio era difícil no coincidir con mis vecinos en algunas de sus propuestas; los bingos, las ferias, los catecismos y la iglesia. Marcos era terriblemente inmóvil, ajeno a nuestra actualidad. Decían que era buen alumno, que era aplicado y prolijo. Que sus amigos eran los hermanos Flemings, o los hijos de la profesora del frente de la ruta. Marcos era de los que jamás miraban a los ojos.

Nosotros teníamos la costumbre de jugar en la vereda siempre después de comer. Nos odiaban las señoras del más allá, las devotas de la siesta, sabíamos que maldecían a nuestras viejas. Mamá, por entonces, laburaba todo el día en una oficina céntrica, llegaba muerta a cocinarnos y a hacer esos quehaceres que siempre terminan finiquitados por una mujer. Papá hacía lo que podía y más; con el tiempo entendí su manía por obligarse oficios. Siempre cuento que a él lo admiro. También recalco que una de mis tías dice que el tiempo es sabio. Las economías fueron instalando suburbios cotidianos por los barrios populares. El sistema fue generando complicidades entre sus mundos, nada de eso es novedad.

En los noventas coexistían familias como la mía y como la de Marcos -el chico que pasaba por nuestra vereda siempre a la misma hora- en una misma realidad ridícula y también hipócrita.  En la carnicería y en la verdulería se debatían comidas, economías de cocina; hay gente que disfruta de esas discusiones. Marcos tenía una hermana que se lucía con su cabellera de publicidad antes de treparse a su auto, a Joaquín -mi camarada de siempre- le encantaba ella. Joaquín tenía un padre, y éste una bicicletería montada en frente a la iglesia de la avenida. Cada vez que salía a fumar, o a tomar aire, el buen hombre se persignaba, nunca se cansaba de hacerlo. Mi abuela también es de las que se persignan todo el tiempo.

Yo odiaba matemáticas, también las clases de música, caligrafía y religión. Marcos tenía los modismos de un algebro, de un financista, de pendejo se lo notaba. Me diferencio de las personas hasta en los detalles. Mi ex, por ejemplo, dormía con su boca hacia arriba y yo no podía, por eso es que abrazaba a mi almohada. En la diversidad está la pasión, en la multiplicidad se redondean los debates.

Mis veranos en la casa de mi abuela materna y los inviernos en una plaza desgraciada me fueron desafiando a la posibilidad de alejarme de todo. Joaquín fue papá de una bebé más hermosa que Septiembre, la bicicletería fue adquirida por otros dueños católicos y Marcos egresó de una universidad privada de abogado o economista. Yo creo que crecí y empecé a volar por los costados más inestables. Militaba desde mis cuadernos, viajaba en micros y miraba Lucrecia Martel. De Marcos no supe mucho más. Me mudé de departamento, después de ciudad y cambié de odontólogo y al tiempo de peluquero.

Ayer lo vi a Marcos en la TV. Hablaba de la familia, de lo natural, de la iglesia y de un montón de idioteces más. Hay gente que se convoca para rechazar y entonces festejan la negación. Al lado de él se enfocaban otros Marcos, también con pulóveres cuadrillé, todos rectos y fríos como el invierno.

Gol

Pastore es cintura, cumbia y gambeta. Lo ví en una peli de Trapero, tenía lentes de sol, estaba en un bazar y contaba cospeles. Cuando en diciembre lo cruce en la cañada le voy a silbar bajito. Me encanta insinuar idolatrías. Le tengo que invitar a bailar una canción de Gilda así nos reímos, cómplices, y le veo moverse como cuando le gambetea a los pibes rubios por TV.

En el laburo últimamente hablamos mucho de Messi. Con mis amigos putos le bancamos su barba incipiente. Y como estoy feliz le dí pepitos a todos. Uno las mojaba con cafe y yo con coca cola. El Pipita es tímido, me dijeron. Baila lady gaga y se ríe solo. Pipita es goleador. Usa jeans y zapatillas rojas, yo lo ví en una foto de facebook y se la pasé a mi hermana porque también le da.

Y después de todo eso; ayer.

Palermo es un gol peronista. Ahí está la poesía del fútbol.

Julio

El frío me limita de todos lados. Ayer intentaba caminar recordándome a cada rato cuánto es que disfruto hacerlo; anduve pateando minutos por Once mientras se le anochecían sus ganas, antes de que se le apagaran sus contrastes. Necesitaba hacerlo; me lo pedía el celular, el cigarrillo recién armado y las últimas despedidas.

Necesitaba salir a caminar. Y también fumar y volver a caminar y, entonces; perdonar al humo y devolvérselo a la avenida. Jugar, al fin y al cabo, a la maratón de ideas.

El frío está cosquilloso con cada una de las franquicias de mis placeres. Está pudriendo mis ganas íntimas. Ayer me reprimí con una bufanda. El frío, el de este año, va congelando las ocurencias de mi cuadernos. Tengo que empezar a corretear mis manías más amarillas, rodearlas de arena y de más clisés. Sacarle las mangas, hacerlas musculosas. Improvisar una sombrilla en el medio de la frazada.

Tengo que inventar una forma de ser menos gris ahora que ya será Julio.

Casualidad

La casualidad no existe. El frío les sienta bien; sus pieles, sus bufandas, sus colores. El otoño es ocre. Es más pasivo, las hojas se desusan solas. Y se caen.

Es lunes semitarde y en esa plaza una voz femenina rima con una pandereta y le canta a un dios, o a jesús. O a los dos juntos. Por encima de la multitud, una señora sonríe con firmeza mientras reza un cartel entre sus manos. Más al costado, del lado derecho, otro señor se rejunta con otro y entre sus corbatas sostienen un lema entre labios. Y así sucesivamente.

La luz no es la misma del otro día. La semana pasada había estado sobre mis mismos pies y sobre esa misma calle marchando con los pueblos. Los originarios. Nada de lo que ahora estoy viendo, claro está, es parecido a lo de aquella tarde.

La nada, para muchos, es demasiado. La identidad, para unos pocos, es nada; para otros es casi todo. Lo mismo con los derechos. Y también con la libertad. Lo demasiado, para muchos, es nada. ¿Quiénes, entonces, son lo que no entienden nada?

Llego a esta calle por un atajo maldito; por jugar a las avenidas, por hacerme el puntual. Me acuerdo del día que me bardearon por diferente en la clase de mercadotecnia, del día que silbaron a un guerrillero en una convención. En esta esquina, en donde la democracia grita, una señorita me entrega un panfleto impreso. Le pregunto la idea, el sentido de esta reunión; “es una manifestación en contra de la homosexualidad”. La casualidad no existe. Ni ese segundo de lástima, de vergüenza ajena, ni tampoco las ganas de llamarlo a mi viejo ni ese lunes rutinario frío, seco, vacío. La nada le corresponde a unos cuantos.


Doscientos

La primera oración de este texto debería decir que en la calle hay un solcito tibio; que acabo de colgar la banderita -que me regalaron en el acto de ayer- al lado de mi computadora, y que escribo con ganas. Hay cosas que no se dicen en la entrada.

En el segundo párrafo ya debería adentrarme en el escenario. En describir eso muy raro que se formó entre no sé bien cuántas avenidas, pero que fue hermoso. Que se nadaba entre cuerpos. ¡Puf! Incluir números, cifras de concurrentes. Fotografiar a las remeras bicolores, mostrales con un par de palabras a esas dos nenas idénticas que tenían los cachetes pintados, que se iban entre el celeste y se volvían después al blanco. Decir que fue inédito, y lamentarme -¿por qué esa manía de lamentar?- que el próximo no me agarrará ni en esta ciudad, ni con estas ganas, ni siquiera vivo.

En este texto tendría que comentar que los pies me duelen, me laten como cansados porque marché de parado. Hay pueblos que saben innovar en sus maneras de decir. Que llovió un día, el domingo creo que fue, pero jamás me cagué de frío. Que lo saludé y le agradecí a Sabbatella, que al lado estaba Filmus y nos saludamos también. Que le grité a Chávez un rato después que me dió la mano Zelaya y que le hice -desde lejos- el signo de la victoria a Evo.

Hay cosas que no me salen contarlas con adornos o con efectos especiales. Estuve laburando, viendo, riendo, cansando las horas que jamás deberían agotarse, pero me pasó eso que capaz pasa una sola vez cada doscientos años.

Yo soy de esos boludos que se leen en los panfletos, en las revistas no generalistas, en diarios de poca tirada, que todo el tiempo hablan de ser libre y de la Revolución. Me hago más maricón cantando el himno de a muchos, salto con ganas porque no soy inglés ni tampoco militar.

Por un montón de cosas es que este texto tendría que decir muchas más cosas de las que dije.


Foto trabajada por ALEJANDRO PAGNI /AFP/Getty Images,
extraída de The Big Picture.

Pelopincho

Es casi la medianoche y la pelopincho tiene un color más cercano al azul que al celeste. Está repleta de agua. Tiene también algo de enero y una parte de su verano. Por todo ésto es que hay estrellas más arriba, y por todo lo otro (que voy a contar) es que hay una luna un poco más al costado.

Encontré este cuaderno en la mochila. Me acuerdo que lo metí ahí casi a las apuradas mientras desorganizaba un plan inocente. Junté dos remeras, un boxer, faso y tomé el ciento treinta y tres en la parada del frente de los chinos.

El ejercicio de acumular pertenencias para después embolsarlas me regala ansiedad piola, como cuando esperaba a que el colectivo que traía a un noviecito pueblerino llegara a la terminal, y entonces verlo bajar a él con cara de dormido. También metí lo último de fernet que había quedado de unas de esas últimas noches, y después el cepillo de dientes. Claro, al cuaderno jamás lo cuento porque es como el encendedor, o el celular, son como la inercia del antes de salir.

Nos unió la internet y las mismas ganas; la nostalgia setentista que jamás vivimos. El lazo se hizo verdad (si acaso la verdad es la realidad) un día del año pasado que también era enero (y por supuesto verano) en mi ciudad de antes, en donde después mataron absurdamente a una piba por ser lesbiana. Nos amenazaron de todos lados pero en eso también nos parecemos; hay cosas que nos chupan un huevo desde siempre, es ley de mi generación. Coincidimos -sin saberlo- en un taller de lectura, ahogados de clisés; el mismo libro, idéntico horario y después los asientos. La diferencia de dos capítulos y los cafés sin endulzar. Bolaño es tan seductor.

Desde aquella tarde a esa noche no sé bien qué pasó. Que terminamos de leerlo juntos, que se llevó mi camisa, que se me pegó su tonada del norte, que bailamos en la ducha. Que nos hicimos amigos, y yo no lo terminaba de aceptar.

Ahora está por traer las cervezas que compró con una tarjeta de débito. Me vine a este costado a garabatear esa pintura hermosa que armaba recién con su noche y su pelopincho que se me azula de ganas. Hoy no tiene su perfume dulzón ni tampoco el colgante que le descubrí en el recital. Estoy repitiendo choripanes y no dejé de fumar. ¿Decir que sos mi chimichurri preferido es cursi?

Está todo manuscrito. Tengo una manía asquerosa de registrar mis momentos oportunos, siento que voy armando un film de secuencias gratas, un guión escrito en mis calles. Debería dejar de escribir para disolver a mi nostalgia y a esa costumbre de aferrarme a lo que voy olvidando pero no. En mi película hay finales cortos todo el tiempo, los capítulos se funden a negro y ahí es cuando empieza el nuevo. Todo, también, está relatado.

Se sacó la remera. El escote era grande, pronunciado. La remera era más rayada. Al rato estaba todo mojado, con su nuevo peinado, con nuevas formas de cabellos. Le miraba sus rodillas, sus pies, cumplía con mis cometidos, le miraba el tatuaje que se le refleja en el brazo, que se le ve siempre, pero que ahora se lo veia porque yo suponía que estaba cada vez más desnudo. Desde que quedamos descalzos es que pienso en por qué no sé construyen más patios como éste en esta ciudad ruidosa.

Apenas terminé de escribir eso apareció de nuevo en su patio. Tenía una forma que se me alcoholizaba sin mareos. Seguía sin remera y ya habíamos preparado fernet. Me preguntó si quería bailar o algo de eso, le sonreí caprichosamente. Al ratito dijo que me iba a enseñar un paso, a un ritmo capaz que se refería, sacó el cuaderno de mi mano, dejó su vaso de fernet y me agarró una parte de mis dedos. Ya parados, apretó un botón (seguro que fue el play) y había música.

Eso. Bailar una canción de Gilda con él, eso; con una parte de su mano, tomando fernet una noche que tenía más enero que la mierda; fue uno de las facetas más hermosas en la que la felicidad se me concretizó este último verano, al que justamente hoy empecé a extrañar.

Soñé una vez

Anoche soñé que venías que cruzabas el mar que vaciabas tu valija en mi cajón justo antes de despedazar un jean para que se haga bermudas.

Soñé con tu olor con tu gesto de cara lavada con tu todo sutil.

Con el reencuentro con la calle del otro día con el graffiti que copiaste en tu cuaderno ¿te acordás el día que pusiste ‘Leo’ en el afiche de tu pieza? Con eso también soñé.

Anoche soñé con vos con tu cara de recién bañado.

Con tu panza con tu barba adolescente con la fuerza de tu mano izquierda con las ganas que me dan ganas a mí de cambiar las cosas que nos parecen que están mal.

Soñé con tus gestos con tu voz de auricular anoche soñé con un pibe que corre y que baila.

Anoche soñé con vos con tu cara de recién dormido.

Que nadabas con tu olor a calle que jugabas de arquero que meabas detrás de un árbol a la salida de un fiestón que tenías olor rico a marihuana del patio de la casa de tu madrina.

Soñé que tenías la bandera de todos los colores que me leías un cuento soñé que me mentías con tu ficción pero también soñé que Cortázar dijo que no es mentir que me enseñabas a guionar una escena sin que suene cursi eso soñé.

Con tu barco con las botas de gomas tu miedo a la tormenta del verano pesado y esas monedas de pensar que la madrugada es gratis.

Soñé una vez.

Que pescabas tu cena que comías manzanas soñé con tu perfume de feria con el libro que perdimos.

Que tarareabas esa canción que bailamos que armabas uno que te salía improlijo que nos cagamos de risa.

Volví a soñar que bailabas.

Que ‘was a hard day’s night’ y seguía soñando cosas.

La magia real (en la realidad misma)

Sí, ya es otoño acá en Buenos Aires. Es más Lunes que nunca; se complican las avenidas y las reuniones responden a una agenda minuciosa. Una falta atroz de costumbre a la responsabilidad de ciudad. También es Abril, el sol no sé qué onda y el año se asienta cada vez con más ganas. Todo es paulatino.

Le digo que es un día que corre y le miro su café concluso. Hablamos un poco de Córdoba, y otro poco del Bafici, de esas cosas que de vez en cuando le pasan a uno. Después de saludarnos y antes de sentarme pienso en eso, en que hacía un tiempo que le quería dedicar un café a Gabo Ferro.

“En Córdoba voy a hacer una cuestión doble. Voy a presentar las canciones del disco nuevo, el del año pasado; Boca Arriba. Voy a hacer temas nuevos también del disco que saldrá este año.”

El 23 de abril Gabo Ferro se presenta en Córdoba. Cerca del centro de esa ciudad hermosa, en el Auditorio Diego de Torres en la UCC. Esa, su visita, podría haber sido la primera causa de una charla que se fue excusando por la maratonicidad de sus temas.

Entrevisté a Gabo Ferro para la revista El Vernáculo. A la nota completa la pueden leer acá.